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BY 4.0 license Open Access Published by De Gruyter May 9, 2022

La inmigración china en la economía cubana del siglo XIX

Chinese immigration in the Cuban economy of the 19th century
Aleagna Cabrera Milanés

Resumen

La incorporación de la inmigración china en la economía cubana tuvo lugar a fines de la década del 40 del siglo XIX, y a partir del pujante desarrollo económico de la burguesía azucarera cubana, que intentaba promover la introducción de las nuevas tecnologías y necesitaba trabajadores asalariados. Los culíes se insertaron en la economía colonial cubana mediante la firma de un “Contrato de Colono” que los sometió a un sistema de explotación semejante al esclavista. Sin embargo, con respecto a la esclavitud africana, este modelo significó un avance en el desarrollo de las relaciones de producción. Además, al desarrollarse una fuerza de trabajo asalariada, desde la década del 70 del siglo XIX en adelante, se generaron aún más cambios en la estructura socioeconómica. A partir de entonces los inmigrantes chinos se insertaron satisfactoriamente en las más disímiles actividades económicas, tanto en el campo como en las ciudades, lo cual se vio enriquecido por la ola de inmigrantes chinos procedentes de California que contribuyeron a un gran dinamismo en el sector agrícola, comercial y financiero en las tres últimas décadas del siglo XIX.

Abstract

The incorporation of the Chinese immigration in the Cuban economy took place at the end of the 40s of the XIX century, and from the vigorous economic development of the Cuban sugar bourgeoisie that was trying to promote the introduction of new technologies and needed salaried workers. The Culíes were inserted into the Cuban colonial economy through the signing of a “Colonist Contract” that subjected them to a system of exploitation similar to slavery. However, concerning African slavery, this model was a step forward in the development of production relations. Besides, the development of a salaried labor force, from the 1970s onwards, brought about further changes in the socioeconomic structure. From then on, Chinese immigrants were successfully inserted in the most dissimilar economic activities, both in the countryside and in the cities, which was enriched by the wave of Chinese immigrants from California that contributed to a great dynamism in the agricultural, commercial and financial sectors in the last three decades of the 19th century.

1 Introducción

La incorporación de la inmigración china en la economía cubana tuvo lugar entre 1847 y 1874 bajo la dominación Colonial Española, y con el fin de estimular el desarrollo acelerado de la industria azucarera cubana. A su llegada a la isla recibieron el apelativo de culíes, quizá por las condiciones de semiesclavitud a las que fueron sometidos, y fueron llevados a las plantaciones de caña de azúcar, a los ingenios azucareros, al servicio doméstico, a la edificación de obras públicas, a las pequeñas industrias, etc. Arribaron a la isla siguiendo falsas expectativas de mejoramiento económico, sin embargo, al llegar sufrieron paupérrimas condiciones de trabajo y vida, contra las cuales se levantaron en expresión de rebeldía, de esta manera demostraron la necesidad de la aparición de una fuerza de trabajo asalariada, que condujo al desarrollo del capitalismo. Además, su laboriosidad e ingenio les posibilitó, a pesar de las rudas condiciones en que se encontraban, contribuir sustancialmente al fomento y la expansión de la industria azucarera cubana.

Desde finales del siglo XIX, se dispersaron por distintos lugares de la isla. Realizaron diversas labores en las que aportaron y transmitieron sistemas de saberes, vivencias, sentimientos e invirtieron sus ahorros y capitales de forma directa en el país, haciendo una contribución franca al desarrollo de la economía cubana del siglo XIX.

El siguiente artículo describe y analiza el papel desempeñado por los inmigrantes chinos en la economía cubana del siglo XIX. Para ello, se consultaron trabajos y testimonios que abordan temáticas relacionadas con la inserción de los chinos en el contexto cubano, así como la función del colonato dentro del sector azucarero.

2 La Economía Colonial Cubana entre 1800 y 1840

La colonia española de Cuba marcó un antes y un después de la Revolución Haitiana (1791–1804), ello no fue en absoluto obra de la política exterior española, ni tampoco de su trazado de la política interior de la isla, sino fruto de un movimiento estratégico de la burguesía criolla, encabezado por Francisco de Arango y Parreño, cuando tuvo la oportunidad, que obligó a la Corona a concesiones cada vez mayores. Se puede decir que a España le llegó la modernidad a través de la Revolución Francesa, pero que esto solo fue a través de Haití y del crecimiento del capitalismo cubano, el cual, desde ya, no fue simultáneo ni homogéneo para las distintas regiones del país. Para la región occidental de la isla, el desarrollo capitalista fue extremadamente acelerado, lo que provocó la entrada de cientos de miles de esclavos en unas pocas décadas, que convirtieron a Cuba en la abastecedora mundial de azúcar. Por su parte hacia el oriente, el crecimiento capitalista, en este caso de predominio cafetalero, fue mucho más lento (James Figarola, 2005, p.10).

La oligarquía azucarera, en estas circunstancias, negoció con la metrópoli un nuevo estatus de recíproca conveniencia, a partir del cual concentraron sus recursos en los cultivos que tenían ventajas comerciales comparativas e invirtieron capital en la modernización de los ingenios y en la creación de infraestructuras. El desarrollo de la agricultura para fines comerciales se encontraba en plena expansión, especialmente la del azúcar, el consecuente aumento del número de ingenios y de la capacidad productiva en general (Pérez de La Riva, 1966, p.8).

De esta manera, se consolidó un mercado estable de exportación e importación, y una burguesía criolla azucarera con una capacidad de acción económica de las más altas del mundo, que además era capaz de influir de manera decisiva en los vaivenes políticos de la propia España. Por ello, podría afirmarse que, si bien Cuba seguía siendo una colonia de España, por fortalecida en lo político que estuviera, a su vez, España fue volviéndose económicamente cada vez más dependiente de Cuba. Ello fue demostrado por los más ilustres representantes de la burguesía azucarera cubana en diferentes situaciones y oportunidades.

Con el pujante desarrollo económico, sobrevinieron crecientes sublevaciones de esclavos que provocaron importantes tensiones entre dos grupos de propietarios. De un lado, parte de la sacarocracia criolla se empeñaba en intensificar y mantener la fuerza de trabajo esclava, aún cuando la trata había sido abolida oficialmente en Cuba en 1820; mientras que otro grupo de hacendados, intentaba promover la introducción de las nuevas tecnologías, para lo cual resultaba imprescindible la existencia de una masa de trabajadores asalariados, y por ello abogaban por el impulso a la colonización y la inmigración blanca (James Figarola, 2005, p.14).

2.1 La Incorporación de los Culíes en la Economía Colonial Cubana

Ante el obstáculo puesto por los ingleses a la trata africana clandestina y el fracaso del proyecto de colonización blanca, los hacendados criollos apelaron a la alternativa del tráfico de mano de obra barata contratada procedente del entonces imperio Qing. El fomento de la inmigración de trabajadores asiáticos o culíes (apelativo utilizado para designar a los inmigrantes provenientes de China contratados para trabajar en las colonias), fue sugerido como alternativa por los propios británicos en 1842, con el objeto de solventar el déficit de fuerza de trabajo. Entonces, Julián Zuleta, Urbano Sotomayor y otros hacendados cubanos comenzaron a coordinar acciones para el fomento de la “importación” de culíes. Y, a partir de 1847, se inicia el tráfico de culíes a Cuba. Ello fue apoyado por la Junta de Fomento (Institución creada durante la colonia en Cuba para apoyar el crecimiento de la economía, la cultura, la educación y la sociedad), al expresar a través de su Comisión de Población Blanca, el 10 de diciembre de 1851, que la inmigración de colonos contratados en China, era no solo conveniente sino indispensable y que merecía una especial protección de la Junta y del Gobierno (Valverde, 1923, p.56).

La contratación de fuerza de trabajo asiática fue posible gracias a la política imperialista inglesa y europea en general, dado que estos países controlaban los puertos meridionales chinos en función de un comercio internacional a su entero beneficio. Así, miles de hombres asentados en las riberas del río de las Perlas, provenientes de Fujian, Cantón or Guangdong (Luzón, 1989, p.76), imbuidos en el desempleo, la pobreza y las rebeliones campesinas propias de un imperio que poseía un aumento demográfico constante, fueron víctimas de una emigración forzosa o voluntaria, que los hizo parte de un sistema despiadado de explotación.

La trata de culíes se realizó a través de agentes británicos, contratados por empresarios españoles, quienes se encargaron de sustraer la fuerza de trabajo desde puertos autorizados chinos, el más recurrente Amo, y llevarla hasta los ingenios azucareros en Cuba. Resaltaron, a su vez, las acciones de un destacado chinero, el colombiano Nicolás Tanco Armero, que desde 1855 (Luzón, 1989, p.59) contaba con un equipo compuesto por enganchadores o corredores, encargados ellos de realizar la contratación y recolección del número de culíes requeridos por las compañías, a cambio de una comisión de tres pesos por individuo. De esta manera desde el 3 de junio de 1847 hasta el año 1874 entraron a Cuba 140 mil culíes (Luzón, 1989, p.60) a través de la firma de un contrato aprobado por el Estado colonial.

Según refieren los documentos firmados por los culíes entre 1855–1868, titulados como: CONTRATA DE COLONO, durante un periodo de 8 años serían empleados para la realización de trabajos agrícolas, por un salario fijo de cuatro pesos mensuales. El empleador definía el orden y la disciplina a cumplir, así como el número de horas de trabajo diarias. Al término del contrato se presentaban las siguientes alternativas: podían renovar el mismo, firmar uno nuevo con otro empleador, o abandonar la isla costeándose el viaje con sus propios recursos; de no cumplir con ninguna de las disposiciones anteriores eran conducidos al depósito de cimarrones.

La escritura del contrato no expresaba que los culíes constituían propiedad del empleador, sin embargo, los términos en los que estaba redactado les hacía imposible decidir sobre sus propias vidas como hombres libres. Se les obligaba a permanecer bajo el cumplimiento estricto de las órdenes del empleador durante el tiempo estimado, de esta manera la trata de culíes respondía a las demandas económicas de hacendados y comerciantes, al mismo tiempo que enmascaró un sistema opresivo semejante al de la esclavitud.

El uso del término “colono” (persona que sembraba caña para venderla a un central azucarero, con el que mantenía una relación contractual no salarial) en el título del “Contrato” se aplicó bajo la excusa de que el “empleador” había realizado una inversión que debía ser retribuida por el “colono” a través del pago que recibía por el trabajo; sin embargo, a partir de esa retribución se llevaron adelante relaciones propias del sistema de producción esclavista, reflejadas claramente en el trato establecido entre el culí y el empleador. El primero fue sometido por el segundo a una emigración voluntaria o, en el peor de los casos, a una captura forzosa y al secuestro, para continuar esto con una variedad de tratos inhumanos. El culí era insertado en un contexto desconocido que le imponía el aprendizaje de un idioma diferente (el español) y un sistema de explotación que no comprendía, y que constituía una estremecedora y brutal imitación de la esclavitud africana, sistema del cual no podía escapar.

Entre 1847 y 1851 se desarrolló la primera fase de contratación de la servidumbre asiática. El modelo significó un avance en el desarrollo de las relaciones de producción para la economía cubana, en especial con respecto al modelo existente hasta entonces basado en la fuerza de trabajo africana. Los hacendados introdujeron hombres robustos, ágiles, laboriosos, casi todos menores de cincuenta años, para desempeñar trabajos agrícolas (Luzón, 1989, p.68).

Fueron llevados fundamentalmente hacia la región de Matanzas y las Villas, una gran zona de expansión azucarera, y contratados principalmente para el trabajo en los ingenios, cañaverales, cafetales, etc. El trabajo en estos sitios constituyó un proceso de adaptación y asimilación para los culíes; sin embargo, siempre se desempeñaron usando su propia metodología, inherente a su antigua, profunda, refinada y tenaz cultura. En algunos casos, se organizaron a partir de la formación de cuadrillas compuestas por culíes y esclavos africanos, y en otros, en grupos formados solo por culíes (Chuffat Latour, 1927, p.20). Trabajaron jornadas de catorce a dieciocho horas diarias, incluso hasta en horario nocturno, llegaron a manejar con mucha agilidad y destreza las máquinas, y aplicaron su ingenio en la construcción de equipos que fueron de gran utilidad en las labores de riego; además, talaron grandes extensiones de bosques para el desarrollo de la plantación azucarera. Así, llegaron a ser apreciados por los dueños y sus capataces, dada su gran ingeniosidad, paciencia e inteligencia, ampliamente demostradas en las labores encomendadas.

Con su laboriosidad contribuyeron al fomento y expansión de la industria azucarera. Entre 1853 y 1857, la fuerza de trabajo china subsanó el 50% del déficit de fuerza de trabajo de la industria azucarera, y después de esa fecha pasó a solucionar el 75% de este faltante. Hacia los años 60, la perspectiva era convertir la isla en una China chiquita según había expresado José Antonio Saco, representante del pensamiento reformista cubano del siglo XIX (Pérez de La Riva, 1966, p.10).

El ejercicio de la contratación devino pronto en el escenario de luchas por la libertad, dado que los explotados culíes aprendieron con rapidez que la llamada contratación era en realidad una gran farsa de secuestro y violencia física. La rudeza del trabajo impuesto los hizo sufrir las mayores privaciones y hacinamientos en las peores condiciones, se encorvaron por el insoportable peso de un trabajo superior a sus fuerzas, bebieron aguas contaminadas y se les obligó a hacer el extenuante trabajo de la agroindustria azucarera (Pérez de La Riva, 1966, p. 12).

La desobediencia, o la simple muestra de signos de cansancio en el trabajo de la plantación azucarera, era resuelta por los explotadores o mayorales, con castigos corporales crueles como la imposición de grilletes, el cepo, o latigazos en la espalda, que provocaban heridas que llegaban a infectarse. La historiografía recoge también testimonios sobre castigos más inhumanos aún, como el ataque con perros, el uso de la sal sobre las heridas para aumentar el dolor, verter agua hirviendo en el cuerpo, o mutilar las orejas o los dedos. Se les llegó a negar hasta la comida y el agua, y recibieron amenazas de ser golpeados o vendidos en las peores condiciones, si no cumplían con las órdenes. También se registran actos de humillación como, por ejemplo, obligarlos a la imitación de perros y ovejas, y a súplicas constantes para lograr obtener los documentos que los acreditaban como hombres libres, al término de sus contratos (Yun, 2008, p.15). Este sistema de explotación al que fueron sometidos los trabajadores chinos provocó actos de manifestación y rebeldía.

La expresión de inconformidad contra el sistema impuesto se manifestó muchas veces mediante actos de suicidio. Los culíes preferían quitarse sus propias vidas antes que continuar soportando tanta humillación, por ello, vestidos con sus mejores ropas blancas se ahorcaban en árboles o se lanzaban en pozos o ríos, también tomaron veneno, se cortaron el cuello o se tiraron en calderas hirvientes de azúcar (Yun, 2008, p.8). Los datos estadísticos señalan que los chinos se suicidaron cien veces más que los blancos, y catorce veces más que los esclavos africanos. Mientras duró la explotación, la tasa de suicidio en Cuba fue la más alta del mundo (Pérez de La Riva, 1966, p.56). La resistencia de los culíes se manifestó también, en una pasividad recalcitrante y en un sabotaje encubierto, y, por supuesto, en abiertas rebeliones tanto individuales como grupales. Se convirtieron en cimarrones, fueron hacia las montañas, tomaron la justicia por sus propias manos y hasta les quitaron la vida a algunos explotadores (Yun, 2008, p.6). En resumen, lo que se produjo en Cuba con los culíes fue un proceso dinámico donde a la subordinación económica y cultural, en un contexto de discriminación y de abuso psicológico y físico, le siguió una actitud insurgente que contribuyó al cambio del sistema de explotación en el país.

Los culíes no solo fueron contratados para el trabajo agrícola, pues los conocimientos y habilidades, demostrados por muchos de ellos, les posibilitaron ser empleados para labores dentro de las casas de los hacendados, donde recibieron un trato que puede catalogarse como afable. Trabajaron como sirvientes, como ayudantes de cocina y como cocineros, demostraron extraordinarias habilidades para preparar el arroz y manjares exóticos. En las casas de la aristocracia cubana conquistaron la confianza y la consideración, al demostrar honradez y obediencia. Los más ancianos o inválidos también realizaron labores de jardinería, o trabajo en las huertas, donde cultivaron vegetales y legumbres. En muchos casos les permitieron construir sus propios alojamientos separados del resto de la dotación, con materiales tales como bambúes y juncos (Chuffat Latour, 1927, p.22).

En ciudades como La Habana, fueron empleados aproximadamente 20 000 chinos (Pastrana Jiménez, 2000, p.58) en labores disímiles. Con el desarrollo en la urbe de las grandes industrias tabacaleras y cigarreras, el trabajo de los culíes fue incluso altamente valorado. De hecho, sus destrezas tuvieron gran demanda y les brindaron mayores oportunidades, una muestra de ello tuvo lugar en la fábrica de cigarros La Honradez de J. Susini, una de las más importantes de La Habana, que llegó a tener varios departamentos operados completamente por chinos (Chuffat Latour, 1927, p.11).

También fueron empleados en obras de la construcción, entre las que sobresalieron, la demolición de las murallas de la ciudad de La Habana en 1863 (Chuffat Latour, 1927, p.15). En estas construcciones, los trabajadores chinos llevaron sobre sus espaldas tres o cuatro veces más toneladas por kilómetro que el mejor de los esclavos negros; basándose en el principio de la inercia utilizaron una larga y flexible pértiga de bambú. Por su parte, los contratistas peninsulares supieron aprovechar esas aptitudes, y a través de numerosas cuadrillas de chinos construyeron edificios. Además, en los muelles cargaron carbón de piedra, y también laboraron como carretilleros y estibadores en los barcos que cargaban azúcar, etc. En los ferrocarriles trabajaron como guardabarreras, lampistas, mozos de almacenes, fogoneros y mecánicos de locomotoras. Para sus labores cotidianas usaban ropas azules escrupulosamente limpias, mostraban las cabezas completamente rapadas o llevaban trenzas enroscadas hacia arriba. En general, demostraron poseer habilidades manuales que les permitieron ocupar oficios de carpinteros, zapateros, albañiles, mecánicos, herreros. Sin embargo, durante el desarrollo del trabajo en las ciudades, se les aplicó un rígido sistema de castigos en forma de multas (también existente en la agricultura), las que podían ascender hasta 17 pesos, equivalentes a cuatro meses de salario (Chuffat Latour, 1927, p.17).

Los trabajadores chinos, a pesar de la penosa explotación, progresaron admirablemente, debido a su carácter perseverante, constante, honesto y laborioso. Lucharon también, dentro del círculo de hierro de la esclavitud, y, llenos de aspiraciones, procuraron con gran interés ilustrarse y prepararse para un futuro próspero que los convertiría en los dueños de fortunas considerables en el propio seno de la sociedad colonial. Tal propósito quedó registrado en la memoria histórica de Cuba a través de este pensamiento: Si te educas, te ilustras, adquieres fortuna con tus esfuerzos a costa de tu trabajo, de tu honradez y buen cumplimiento con los compromisos contraídos, tendrás toda la atención y la consideración de tus semejantes por el bien quedar. Jamás pretendas ir donde no te van a aceptar, porque te expones a un bochorno y el hombre consciente nunca se lanza por tan penoso trance (Chuffat Latour, 1927, p.35).

Avanzando el siglo, los chinos se fueron convirtiendo en actores exitosos de las transformaciones de la economía cubana. El drama de la explotación de la fuerza de trabajo china problematizó la noción de libertad, asociada a las diversas formas de esclavitud y a la formación del trabajo libre, por lo que, dentro de la sociedad colonial, se generaron cambios en la estructura socioeconómica. En este contexto, la más visible encarnación de la transición en Cuba fueron los culíes. Inicialmente mantenidos en regla, controlados y violentados, desafiaron a la autoridad colonial, al lenguaje y a la cultura criolla; también, a la jerarquía de la esclavitud basada en la raza y levantaron el espectro de la insurrección al avivar las potenciales alianzas con los esclavos africanos. En resumen, demostraron la necesidad de la aparición de una fuerza de trabajo asalariada, una necesidad que fue un hecho fehaciente desde la década del 70 del siglo XIX.

2.1.1 Los Chinos ante el Acelerado Auge del Capitalismo en Cuba

En la segunda mitad del siglo XIX, tuvieron lugar en Cuba una serie de procesos de índole económico – social que modificaron sustancialmente la sociedad. Con la guerra de independencia hispano-cubana (1868–1878) se aceleró la modernización que estaba experimentando la industria azucarera a partir de la destrucción de los ingenios menos eficientes y la abolición de la esclavitud, lo cual dio como resultado la aparición de una fuerza de trabajo asalariada y, a la vez, la articulación de un peculiar sistema que alteró la tradicional integración agro – industrial de la manufactura esclavista. El proceso de elaboración del azúcar se produjo de manera mecanizada, lo que llevó a la centralización de los ingenios en unidades mayores, capaces de procesar la caña que antes molían varias fábricas. En aras de hacer rentable la producción fue preciso coordinar toda la cadena productiva y poner en práctica el sistema de colonato (ampliamente diferente de la esclavitud encubierta de la “contrata de colono”), que resultó ser la solución idónea al garantizar el abastecimiento abundante de caña en el tiempo requerido por el nuevo proceso productivo. De ahí que se pueda plantear que los colonos, cultivadores más o menos independientes que descentralizar progresivamente la oferta de caña, junto con el proceso de separación del sector agrario y del sector industrial en el sistema de elaboración del dulce, y ambos sumados a la centralización fabril, propiciaron el desarrollo de la industria azucarera en la isla (Santamaría y García, 1998, p.132).

Al concluir la primera guerra independentista con la firma del Pacto del Zanjón, firmado el 10 de febrero de 1878 por los principales dirigentes de la gesta independentista cubana, se les otorgó la libertad a los colonos asiáticos y esclavos que se encontraban en las filas insurrectas. Después del Pacto comienza el proceso acelerado de la liquidación del trabajo servil. Además, ya en 1874, luego de la visita a la isla del comisionado del imperio Qing, Chin Lan Pin, para evaluar la situación del culí, suprimida la trata de fuerza de trabajo china. Según refirió el Diario de la Marina, para el mes de abril de 1870 se habían liberado entre 80 mil a 90 mil culíes (James Figarola, 2001).

La década de 1880–1889 se inicia con la llamada Guerra Chiquita (1879–1880), durante este periodo se produce el desarrollo acelerado del proceso de concentración y centralización de la industria azucarera y de la manufactura tabacalera. Cuba debía colocarse a la altura de los grandes centros industriales de Europa Occidental y de los Estados Unidos de América. Con este despunte económico desaparece finalmente la esclavitud en 1886.

Con la abolición de la esclavitud se incorpora en el nuevo escenario y de forma directa la clase obrera; masas de hombres imbuidos de una obsesión por la autarquía, deseosos de solventar sus necesidades haciéndose cargo de sus propias circunstancias de vida, las que los inclinarán hacia el laboreo agropecuario de una parcela de tierra o huerta destinada al cultivo, que era llamado conuco y el trabajo fabril. La masa de cortadores de caña, tanto fijos como temporales, marcarán los cambios más importantes en la base económica (James Figarola, 2005, p.15).

Al producirse la liberación de los culíes, y ante la imposibilidad de pagar sus pasajes de regreso a China, se inicia el proceso de asentamiento en Cuba. Una gran parte de ellos continuaron sus vidas en los ingenios, en los campos de caña, en las casas de máquinas que era donde se procesaba el jugo de la caña para convertirlo en azúcar o en los trabajos del batey, espacio donde se ubican las casas, las oficinas y el comercio de un ingenio o central azucarero. Mantuvieron las asociaciones en cuadrillas de jornaleros, organizadas por un representante denominado capitán, que pagaba los jornales y se hacía cargo de suministrarles alimentos y herramientas. En estas condiciones, ese capitán, lograba hacerse de un pequeño capital y transformarse con el tiempo en un pequeño colono, y luego podía convertirse en dueño de alguna tienda. Otra de las modalidades existentes fueron las cuadrillas cooperativas (compuestas por paisanos), en las cuales el capitán, aunque los representaba a todos frente al dueño de las tierras, repartía el pago efectuado proporcionalmente con respecto al trabajo realizado. El colonato sirvió, en este contexto, para integrar al antiguo esclavo o semiesclavo al desarrollo de la industria azucarera. Otros culíes, al alcanzar su libertad, vendieron su fuerza de trabajo como ajustadores de limpia, siembra y corte de caña, en los momentos de la zafra. Los hacendados contrataban con gran preferencia sus servicios, pues conocían de su eficacia y seriedad (Chuffat Latour, 1927, p.37).

Muchos otros abandonaron no solo el batey, sino también la región en la que habían trabajado desde su llegada a la isla. Hubo una apreciable emigración hacia las Villas, y en particular hacia Cienfuegos, donde hasta el momento había pocos culíes. Algunos se instalaron en pequeños huertos arrendados a orillas de ríos cercanos a núcleos importantes de la población, y sobre esos ricos terrenos aluviales aplicaron las técnicas agrícolas que conocían, basadas en un trabajo meticuloso con el que lograban obtener legumbres y vegetales con calidad. Luego, vendían las cosechas a comerciantes o ellos mismos las comercializaban en las típicas canastas colgadas en una pértiga de bambú. De esta manera, establecieron una red que abastecía diariamente de verduras frescas a la población, y con ello introdujeron en la cultura cubana hábitos sanos de alimentación (Chuffat Latour, 1927, p.36).

De igual modo, se trasladaron a las ciudades, donde comenzaron a agruparse en espacios urbanos y pudieron reconstruir su cultura y conservar sus costumbres. Así, comenzó a observarse en el panorama citadino, chinos vendedores ambulantes que comercializaban viandas, frutas, verduras y carnes como parte de la cotidianidad. Otros se especializaron en la venta de víveres, seda, perfumes, prendas, quincallas y lozas. En muchos casos construyeron bodegas de variadas dimensiones.

También, desarrollaron el negocio de la gastronomía de forma itinerante, a través del uso de carritos que vendían frituras de malanga, de bacalao, de frijoles caritas dulces, o en puestos fijos donde expedían, además de frutas, frituras o chicharrones (Pérez de La Riva, 2000, p.20). Establecieron también, restaurantes que anunciaban comidas chinas y criollas, así como fondas que se caracterizaron por ser económicas, nutritivas y altamente demandadas.

Algunos oficios, como el de sastre, cobraron éxito entre los chinos, así como el trabajo de cocineros y mayordomos en las casas de las familias aristocráticas. Del mismo modo continuaron desempeñándose en las obras de construcción y en las tabaquerías. Realizaron labores como el reciclaje de materias primas, al comprar los desperdicios y artículos desechados del mercado para darles rápidamente una nueva función.

En las ciudades como La Habana, encontraron un campo fértil para el desarrollo del comercio. Con muy pocos medios, utilizando los pequeños ahorros que pudieron atesorar tras el periodo de largas privaciones y sometimientos, se convirtieron en pequeños capitalistas emprendedores. Además, cabe destacar que el mercader chino era un misionero a la vez que un infatigable propagador de los usos y costumbres, industria y comercio de su patria (Mesa y Suárez Inclán, 1887, p.12).

En la Calle Zanja y en la Calzada de Monte (Pérez de La Riva, 2000, p.20) desde fecha muy temprana, proliferaron establecimientos de chinos comerciantes, vestidos con amplios y ligeros pantalones, sombrero de yarey y los pies calzados con chancletas. Se iniciaron como vendedores ambulantes, y se hicieron distinguir por su andar ligero y rápido que les permitía recorrer muchas calles llevando sobre sus hombros gran cantidad de mercancías, incluso los más ancianos pudieron desarrollarse económicamente en el negocio de la lotería o en la venta de plantas medicinales. Y se hicieron populares por vender muchos productos útiles a muy bajos precios. Al mismo tiempo, en sitios donde existían vastos terrenos yermos de tierras aluviales, desplegaron su laboriosidad, preparándolos para desarrollar huertos. Este fue el caso de la antigua Ciénaga que atravesaba por la Zanja Real, zona que actualmente pertenece al Municipio Centro Habana y donde se erigió el barrio chino. De este modo se desarrollaron las “hortalizas de chinos” a partir de las que se abastecía diariamente de verduras frescas a la población citadina.

Así se fueron estableciendo, hasta formar lo que años más tarde se dio a conocer como el populoso Barrio Chino de La Habana, en el que predominaron varios tipos de negocios distinguidos por su particular impronta y estilo chino: restaurantes de comidas típicas chinas, barberías, zapaterías, sastrerías, bodegas, tiendas de diferentes clases, hojalaterías, fondas, cafés, platerías, etc. Barrios con estas características, no solo se desarrollaron en La Habana, sino también en las ciudades de Cárdenas, Matanzas, Sagua La Grande (en la calle Tacón, desde la plaza del Mercado hasta las afueras de la ciudad). En ellos proliferaron, además, otros negocios como las dulcerías y los fumaderos de opio, así como juegos con fines lucrativos, conocidos como el juego del botón y el de la charada, que se realizaban en las calles y portales (Chuffat Latour, 1927, p.38).

Las relaciones entre los paisanos chinos eran muy estrechas y se protegían mutuamente, por ello llegaron a constituir sociedades cooperativas afines a sus intereses. El respeto ganado por los chinos propició que banqueros españoles, en fechas tan tempranas como la década del 50 de siglo XIX, les otorgaran créditos, en especial apreciando sus cualidades de honestidad y virtud (Chuffat Latour, 1927, p.39). De esta manera y con un poco de angustia y tesón, lograron insertarse en la sociedad cubana, sin negar su herencia cultural. A ello contribuiría también, una nueva oleada de inmigrantes chinos, provenientes de Estados Unidos, que aportaron al ámbito cubano, mayores rasgos distintivos propios de su cultura.

2.2 Los Chinos Procedentes de California y su Impronta en la Economía Cubana

Según estudios realizados por la Fundación Fernando Ortiz, los chinos asentados en California durante los años de la fiebre del oro, comenzaron a emigrar hacia Cuba a través de México y Nueva Orleans. De 1860 a 1875 arribaron unos 5 000 chinos comerciantes provenientes de San Francisco de California (Grupo promotor del Barrio Chino de La Habana, Fundación Fernando Ortiz, 1999). Algunos de ellos arribaron con ciertos capitales, habían logrado alcanzar una sólida formación, y poseían conocimientos de tres o cuatros idiomas, también sobre arte, ciencias, literatura, economía, etc. Una buena parte de ellos, llegó con sus familias, mientras que los que poseían escasos recursos y habían venido solos, las crearon al mezclarse con la población negra, mulata y blanca del país. Este amplio grupo, por su composición y características, se distanció de la imagen conocida del culí sometido en la época cruda del colonialismo.

Llegaron a poseer un amplio capital mercantil y bancario, lo que estimuló el desarrollo de una pequeña burguesía comercial importadora y financiera en desarrollo e invirtieron sus capitales en la contratación de cuadrilleros a partir de la experiencia que ya poseían. Este tipo de negocio predominó en localidades de la actual provincia de Matanzas (Colón, Jovellanos, Cárdenas, Corral Falso, Recreo, Hato Nuevo, Itabó y Cimarrones). Posteriormente, entrando en la década del 80, se insertaron en la administración de centrales azucareros (ingenios), donde demostraron elevadas capacidades para ejercer tal responsabilidad, y fomentar el desarrollo de varias colonias de cañas. Además, se desarrollaron con éxito en la producción de carbón. Por estas razones, se puede considerar que realizaron importantes contribuciones, con sus capitales y extraordinarios esfuerzos, al desarrollo de la industria azucarera en la región occidental del país.

Con ello demostraron amplias habilidades y conocimientos al impulsar el desarrollo en los ingenios, desde donde además contribuyeron al éxito de las guerras por la independencia: la Guerra Chiquita y la Guerra de 1895 (que tomó lugar durante los años de 1884, 1885 y 1895–1898, respectivamente), al colaborar y proteger a las tropas independentistas cubanas de posibles capturas por parte del ejército español (Pérez de la Riva, 2000, p.21).

Chuffat Latour (1927) ha añadido, por otra parte, que este nuevo grupo social proveniente de Estados Unidos, aliados a capitales provenientes de San Francisco y Hong Kong, progresó rápidamente y estableció casas de comercio en la capital, así como sucursales en los diferentes poblados de la región occidental, central y en algunas localidades del oriente. Las casas comerciales y almacenes más importantes, de diferentes dimensiones, formatos y con tecnologías novedosas para la época (alumbrado), se instalaron en La Habana Vieja, buscando la vecindad con los grandes importadores peninsulares, así como en localidades que hoy conforman el municipio Centro Habana. Las mayores se constituyeron, además, como casas importadoras de víveres y productos asiáticos, de elevada demanda en toda la isla. Estas casas establecieron, a su vez, redes de comercios que pusieron de moda, en la sociedad cubana, el gusto estético por los objetos asiáticos, y se erigieron en muchos casos como elegantes tiendas dedicadas a la venta de objetos de arte, sedería, porcelanas (grandes jarrones y platos), sándalos, alcanfor, marfil, mamparas de ébano y de Bambú, así como de una gran gama de perfumería. Las mercancías eran importadas desde la propia China, y también desde Japón, Francia, Londres, Alemania y los Estados Unidos. En su gran mayoría, estas mercancías llegaban en barcos que transportaban también arroz desde Asia (Pastrana Jiménez, 1983, p.36).

Además de la proliferación de casas importadoras, sobresalieron las exportadoras de productos como el tabaco, este es el caso de la Casa Con Li Long, perteneciente a un reconocido comerciante chino. También, ante la necesidad de representar a los comerciantes chinos, fue creada en 1881, la primera Cámara de Comercio de China en La Habana Ton Fuk Kun Shi, la cual representaba a la red de comercios de chinos asentados en Cuba (Chuffat Latour, 1927, p.39). Su misión consistió en ajustar los precios de las mercancías procedentes de China para que existiera un equilibrio justo en el comercio de las mismas; aunque predominó la libre oferta y demanda en el mercado de productos comercializados por los chinos, esta institución intentó organizar las relaciones comerciales que se gestaron por los migrantes en los años 80 del siglo XIX.

En las zonas rurales, los chinos, desarrollaron el comercio de víveres, los cuales eran altamente demandados por los propios chinos que laboraban en la producción azucarera y por la población en general, al ser productos de primera necesidad. El desarrollo de este tipo de comercio posibilitó incluso ayudar de manera significativa a muchos cubanos en la crisis que se vivió en los trágicos días de la Reconcentración de Weyler (política adoptada por Valeriano Weyler que consistía en reconcentrar a las poblaciones campesinas para impedir que estas cooperaran con el ejército independentista cubano, aunque ello implicaba su exterminio por el hambre y las enfermedades).

Con la llegada de los chinos californianos se amplió el menú y las posibilidades culinarias, lo que permitió lograr una cocina más sofisticada para Cuba. Aunque no fueron los chinos quienes introdujeron el arroz en Cuba, sí contribuyeron a su consumo, y gracias a su influencia, en la actualidad este alimento forma parte indispensable de la dieta de los cubanos. Fueron ellos los que popularizaron el afamado arroz frito, creado en California, y que, en La Habana, alcanzó su mejor variante, ya que se le agregaron ingredientes como mariscos, y los que además desarrollaron la elaboración de dulces típicos hechos de harina de castilla y ajonjolí.

Los nuevos inmigrantes invirtieron sus capitales, también, en la fabricación de tabacos, y, para su propio bienestar, emprendieron obras constructivas de carácter social como sociedades, casinos, teatros, asilos de ancianos, y hasta un hotel donde emplearon a muchos cubanos. Además, realizaron inversiones en el sector financiero durante las últimas tres décadas del siglo XIX, lo cual les permitió incrementar sus ganancias y contribuir al desarrollo interno de la propia comunidad china, que ya desde este periodo se había establecido de manera sólida. Es conocido que en 1879 se funda la casa bancaria china más importante, Wong On y Cía, que llegó a poseer más de tres millones de pesos y tuvo sucursales en Cienfuegos, Cárdenas, Colón y Sagua La Grande (Chuffat Latour, 1927, p.41). La actividad de esta casa bancaria se dirigió hacia la reconstrucción de los pequeños negocios cañeros, el desarrollo del comercio de los chinos y al financiamiento del juego en gran escala (Barnet, 1966, p.70).

La contribución de los inmigrantes chinos al desarrollo de la economía cubana fue de tal magnitud, que invirtieron en el comercio y en la banca más de cinco millones de pesos. Esto significó un incentivo indudable para la economía cubana de las últimas tres décadas del siglo XIX. Por esta razón, solicitaron al más alto nivel del Gobierno que les reconocieran los mismos derechos que habían sido concedidos al resto de los extranjeros residentes en Cuba, de manera que pudieran tener la posibilidad de continuar invirtiendo sus capitales en virtud del desarrollo de la economía, y sin verse en la obligación de abandonar la isla al término de un plazo fijo de tiempo, cuestión que constituía un freno para la consolidación del desarrollo que habían alcanzado.

Finalmente, es importante decir que el desarrollo de los negocios de los inmigrantes chinos se evidenció a finales del siglo con significativas ganancias, gran variedad de precios económicos y apreciada calidad de productos, así como con la utilidad, buen gusto y variedad de los mismos.

3 Conclusiones

La impronta dejada por la inmigración china en la economía de Cuba durante el siglo XIX fue extraordinariamente profunda y valiosa. Aportaron saldos positivos al desarrollo de la industria azucarera cubana, lo que fue reconocido por lo más representativo de la aristocracia criolla. Su inclusión en el modelo productivo de la época significó un avance en el desarrollo de las relaciones de producción. El drama de la explotación de la fuerza de trabajo china problematizó y conmovió las nociones de libertad asociadas a los estadios de la esclavitud y a la formación del trabajo libre, estimulando de manera efectiva cambios de la estructura socioeconómica de la sociedad colonial, y demostrando la necesidad de la aparición de una fuerza de trabajo asalariada, necesidad que fue un hecho fehaciente desde la década del 70 del siglo XIX.

Posteriormente, la reorganización de la industria azucarera, su desarrollo tecnológico y el avance del capitalismo mercantil, generaron que parte de los inmigrantes chinos se insertaran en las más disímiles actividades económicas, tanto en el campo como en las ciudades, mostrando saldos satisfactorios que fueron aceptados y asimilados por la sociedad colonial de la época. Por último, la ola de inmigrantes procedentes de California dio un impulso marcado a las inversiones en el sector agrícola, comercial y financiero, que proporcionó mayor dinamismo a la economía cubana en las tres últimas décadas del siglo XIX. Estos inmigrantes, fueron apreciados en Cuba por su ingeniosidad, paciencia e inteligencia, a la vez que devinieron en infatigables propagadores de los usos, costumbres, industria y comercio de su cultura.


Corresponding author: Aleagna Cabrera Milanés, MSc, Máster en Historia de Contemporánea, Universidad de La Habana, Havana, Cuba, E-mail:

  1. Research funding: None declared.

  2. Author contributions: The author has accepted responsibility for the entire content of this manuscript and approved its submission.

  3. Competing interests: Author states no conflict of interest.

  4. Informed consent: Informed consent was obtained from all individuals included in this study.

  5. Ethical approval: The local Institutional Review Board deemed the study exempt from review.

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Published Online: 2022-05-09
Published in Print: 2022-03-28

© 2022 Aleagna Cabrera Milanés, published by De Gruyter, Berlin/Boston

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